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Fiesta de los Estigmas de San Francisco

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17 de septiembre,  en la Recolección
Fiesta de los Estigmas de san Francisco
Meditación para hoy Homilía Ga 6, 14-18; Lc 9, 23-26
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm – Ministro general OFM

Hace unos días celebramos la fiesta de la exaltación de la santa Cruz. Hoy, en todo el mundo franciscano y particularmente en esta santa montaña del Alverna, santificada por la presencia del Señor en forma de serafín y por la de Francisco, el Estigmatizado del Alverna, celebramos el misterio  de la Cruz que se hizo visible en la carne del Poverello, realizándose en su cuerpo, en forma visible, cuanto dice el Apóstol: «En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo los estigmas de Jesús» (Ga 6,17). Pablo portaba en su cuerpo las cicatrices de las tribulaciones soportadas por Cristo (cf. 2Cor 6,4-5; 11,23ss), Francisco lleva en las manos, pies y costado los estigmas de la Pasión de Cristo.

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Las biografías del Santo nos narran como sucedió el prodigio del todo singular de los Estigmas. En torno a la fiesta de la Santa Cruz, dos años antes de su muerte, el Seráfico padre subió a esta montaña, para iniciar la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del Arcángel san Miguel. Deseando ardientemente conocer la voluntad de Dios, para configurarse en todo a Cristo, abrió por tres veces el libro de los evangelios en el nombre de la santa Trinidad, y encontrando siempre la narración de la Pasión del Señor Jesús, oraba insistentemente sentir en su cuerpo los dolores del Crucificado. Tuvo, entonces, una visión que produjo en él un grande gozo y un profundo dolor al mismo tiempo: era el Señor en forma de serafín crucificado que le manifestaba que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado. Terminada la visión aparecieron en la carne de este amigo de Cristo las señales de la Pasión del Señor: los clavos que traspasaron sus manos y sus pies, y una herida en su costado (cf. LM XIII, 1ss).

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En esta memoria litúrgica de los Estigmas de san Francisco, intentemos acentuar algunos aspectos importantes que nos ofrecen este evento prodigioso, partiendo de la narración que nos ofrece san Buenaventura. El Doctor Seráfico introduce la narración de la impresión de las llagas con estas palabras: «Francisco había aprendido a distribuir tan prudentemente el tiempo puesto a su disposición: parte de él lo empleaba en fatigas apostólicas en favor de su prójimo, parte la dedicaba a las tranquilas elevaciones de la contemplación. Y agrega, por eso, después de haberse empeñado en procurar la salvación de los demás según lo exigían las circunstancia de lugares y tiempos, abandonando el bullicio de las turbas, se dirigía a lo más recóndito de la soledad» (LM XIII, 1).

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Francisco nos enseña que no podemos ser todo para los demás si no se es todo para el Señor, y no se puede ser todo para el Señor si uno no se encuentra constantemente consigo mismo. El Poverellonos enseña la necesidad de tener en la propia existencia un “proyecto de vida ecológico”, diríamos hoy, en donde el compromiso a favor de los demás vaya acompañado del “vacare Deo”, como decían los antiguos, dedicarle tiempo a Dios, y dedicarnos tiempo a nosotros mismos. Francisco, verdadero “mendicante de sentido”, buscador permanente del hombre y buscador permanente de Dios y de su voluntad, como lo hace notar san Buenaventura, buscaba incesantemente encontrarse consigo mismo y por ello buscaba y amaba la soledad.

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Cuando la soledad nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, entonces es purificación de las relaciones que en el continuo “comercio” de la gente corren el riesgo de ser insignificantes, y, para nosotros los cristianos, es también un lugar de comunión con el Señor. Al comentar el texto de Juan 5,13, en donde se dice que el hombre curado no sabía quién lo había curado, ya que Jesús había desaparecido entre la multitud, san Agustín escribe: «Es difícil ver a Jesús en medio de la muchedumbre; necesitamos la soledad. En la soledad, de hecho, si el alma tiene cuidado, Dios se deja ver. La muchedumbre es ruidosa, para ver a Dios necesitas el silencio».Por otro lado, la soledad es el crisol del amor: las grandes relaciones humanas y espirituales no pueden dejar de cruzar la soledad. Ciertamente, el cristiano, como Jesús, debe llenar la soledad con la oración, con la lucha espiritual, con el discernimiento de la voluntad de Dios, con la búsqueda de su rostro. Francisco en todo esto se nos presenta como un verdadero maestro, habiendo sido un verdadero discípulo de Cristo.

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De hecho, el Cristo, en quien decimos que creemos y que decimos amar lo encontramos constantemente en lugares apartados para orar, buscando la soledad para vivir la intimidad con el Abba y para discernir su voluntad. Aquél que vivió en la cruz la plenitud de la intimidad con Dios conociendo el abandono de Dios, le recuerda al cristiano que la soledad es misterio de comunión, y nos enseña que la máxima soledad manifestada en la cruz es misterio de amor, la manifestación más grande del amor del Padre para nosotros: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn3,16); la más grande manifestación del amor de Jesús por la humanidad: «os amó y se entregó por nosotros como» (Ef 5,2).

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23), hemos escuchado en el Evangelio de hoy. Encontramos en estas palabras un compendio de la vida cristiana, el espejo de la Palabra con el que el discípulo debe conformar su propio rostro (cf. St 1,22-25). Como cristianos, nuestra vida debe llevar impresas los rasgos de Jesús, el Hijo crucificado por amor. Mirando «al que traspasaron» (Jn 19,37), la cruz se ha convertido en un sello de pertenencia a Dios en Jesús (cf. Ap 7,2ss; Ez 9,4). Llevar la cruz cada día es hacerse cargo de nuestro mal, es morir cotidianamente por Cristo, viviendo para el, hasta poder decir: «con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Tomar la cruz significa sentirse crucificado con Cristo, ser partícipes de la Pasión del Señor Jesús, sentir que somos de él y que ya no nos pertenecemos más a nosotros mismos En nuestro mundo actual, en donde parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo continúa ofreciendo a todos su clara invitación: quien quiera ser mi discípulo, reniegue al propio egoísmo y cargue conmigo la cruz. Invoquemos la intercesión del Estigmatizado del Alverna para que el Señor nos conceda ir con decisión detrás de Él, conformarnos a la Pasión de Cristo y ser partícipes de su resurrección.

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