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Semana Santa en Linea

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Baktun 13

El 21 de diciembre del año 2012 marca el final de una era y el inicio de una nueva era en el calendario maya.

El Trece Baktun, la era del cambio, del conocimiento, de la reconciliación y la paz, es la oportunidad que todos los guatemaltecos tenemos de forjar un mejor futuro para las presentes y próximas generaciones.

Esta es una oportunidad para hacer cambios positivos que beneficien a la población, contribuyendo al desarrollo integral de nuestra gran nación Guatemala, de la región de Centroamérica, del Caribe, de América Latina y del Mundo.

Es una oportunidad única en 26,000 años que todos los astros del universo se están alineando y que somos dichosos de vivir en esta época, así también estamos iniciando una nueva era de 5,200 años en la cual alcancemos la paz, la armonía, se genere más inversión y desarrollo y por ende una mejor calidad de vida en el ser humano.

Según expertos, durante los 20 años posteriores al 21 de diciembre del año 2012, la especie humana tendrá mayor claridad mental y social para resolver sus conflictos.

El fin del Trece Baktun y el inicio de una nueva era deben enfocarse a que Guatemala sea el punto de encuentro para iniciar un nuevo ciclo con armonía, espiritualidad y valores.

Este acontecimiento es una oportunidad única para posicionar a Guatemala en el exterior como el Corazón del Mundo Maya y el principal destino cultural de todo el mundo.

Backtun 16

Es el momento para que todos los sectores trabajemos en equipo para alcanzar el desarrollo económico y social que todos los guatemaltecos anhelamos, pero también es importante que este evento sea para el mundo de nosotros los guatemaltecos.

El cambio de era implica cambio de mentalidad, cambio de actitud, generación de confianza, factores que necesitamos para encaminar a Guatemala en la Senda del Desarrollo.

La formación de la niñez y juventud es fundamental para que se conviertan en personas emprendedoras, desarrollar líderes que en un futuro cercano conduzcan los destinos de nuestros países.

Todo lo relacionado con el 13 Baktun tiene un trasfondo espiritual que habla sobre romper paradigmas, cambio, renovación, cambio de conciencia, un nuevo ciclo, etc.  Las mujeres son parte necesaria para poder emprender ese cambio: 

Primero, porque son el eje fundamental en la familia y son quienes normalmente imparten la educación en el hogar. Segundo, son las administradoras del hogar. Tercero, hoy la mujer tiene mucho más participación política que antes y tiene una voz y se expresa con menos miedo que antes.  Nuestra nueva Vice Presidenta es una mujer y eso se puede aprovechar, sin mencionar las otras grandes mujeres que forman parte activa también en la vida política del país.

Según la cosmovisión maya al inicio de la era de 5,200 años que finaliza el 21 de diciembre del año 2012, sucedió una era de luz, una era de claridad una era de desarrollo, la cual tiene que volver a repetirse nuevamente, esto significa que los seres humanos tenemos la oportunidad de cambiar la situación actual, mejorar la producción agrícola, más inversiones que generen empleos e ingresos para que en la sociedad haya desarrollo económico y social, pero sobre todo desarrollo humano.

Galería de Personajes de la Semana Santa Guatemalteca

Mario Alfonso Ruata Asturias (03/091920 + 15/08/1994)

Por: Lic. Juan Alberto Sandoval
Entrevistas realizadas por el autor entre 1990 y 1994.

Jesús de los Milagros


Durante la década de los años 1950-1960, las procesiones con las que se conmemora anualmente la Semana Santa en Guatemala experimentan profundos cambios e innovaciones que contribuyeron a su suntuosidad y solemnidad. Puede decirse que a partir de esa década, uno de los signos característicos de los cortejos procesionales fue la grandiosidad.

Entre los promotores de estas innovaciones se encuentra a Don Mario Ruata Asturias. Fruto de su creatividad e imaginación fue el engrandecimiento de las andas que portan a una de las imágenes más queridas para el pueblo de Guatemala como lo es Jesús de los Milagros, que se venera en la Iglesia de San José, en la Nueva Guatemala de la Asunción. 

Durante su gestión como presidente de la Asociación de devotos cargadores de la referida imagen, fue transformada la procesión del domingo de ramos, cambiando su corpus estructural incorporando el escuadrón de romanos que acompañan el cortejo, integrado por devotos que desfilan revestidos a la usanza de los soldados romanos de la época, quienes portan la Cruz alta parroquial flanqueada por dos ciriales, el pliego de la sentencia a muerte de Jesús emitida por el procurador Poncio Pilatos con su escolta de lanceros y los cuadros de las estaciones del Vía Crucis con los estandartes de la agrupación, además interpretan fanfarrias que abren el paso del cortejo.

En el campo de las artes gráficas incorpora la tecnología de vanguardia al imprimir en full color, estampas con oraciones, turnos para los cargadores y carteles con fotografías a todo color de la imagen, cuyas fotografías fueron captadas por connotados artistas guatemaltecos, entre los que destaca don Ricardo Mata, cuyo prestigio trasciende a nivel mundial.

Paralelo a la transformación de la procesión, don Mario y su grupo de colaboradores que posteriormente descollaron como dirigentes en otras hermandades, procuraron llevar el conocimiento de nuestras tradiciones cuaresmales hasta un mayor número de personas y despertar el aprecio por las mismas, al producir el programa radiofónico informativo de la Asociación en los que se reproducían discos de marchas fúnebres que, bajo su auspicio, habían sido producidos grabando las principales marchas fúnebres de la Semana Santa Tradicional, en especial, las dedicadas a Jesús de Los Milagros, siendo un pionero en este campo, lo que le permitió a los asociados deleitarse escuchando estas producciones discográficas en cualquier momento.

Jesús de los Milagros


Para integrar a los devotos de dicha imagen al estado de recogimiento espiritual, instituye la Procesión del silencio, tomando como modelo la procesión de Vía Crucis que los frayles Franciscanos realizan desde el templo de San Francisco hasta la ermita del Calvario en la Antigua Guatemala, a partir de la media noche, con la participación exclusiva de caballeros, procesión en la que participó los años que don Mario residió en la Antigua Guatemala, trasladándola al contexto urbano citadino de la nueva Guatemala de la Asunción, misma que durante su desarrollo, era acompañada, únicamente por una caja de redoble y un clarín que interpretaba el toque de silencio, de allí su nombre. Con el tiempo esta procesión fue extinguida y en su lugar se realiza otra en la tarde del Jueves de Ceniza, llamado también primer jueves de cuaresma, acompañada de marchas fúnebres, en la que se sigue meditando las estaciones del via Crucis.

Sin duda Don Mario realizó su obra más relevante a través de la Asociación de Jesús Nazareno de los Milagros de San José, sin embargo, también aportó al desarrollo y engrandecimiento de otras hermandades de forma directa o como colaborador.

Gestionó el préstamo de las andas y otros elementos para ser utilizados en las procesiones de la Recolección, coordinó la Comisión de Consagración del Señor Sepultado de Santo Domingo, cuyo memorable recuerdo quedó plasmado en el Disco “Consagración”, álbum doble, en el que interpretan selectas marchas fúnebres los maestros solistas de la Banda Marcial de Guatemala, dirigidos por el Maestro de Músicas militares, Capitán Rafael García Reynold´s.

Jesús de los Milagros



Cuando entregó el cargo de Presidente de la Asociación de Jesús de los Milagros, fue invitado por el encargado general de la Asociación de Jesús de la Merced, Don Carlos Olivero Nelson, invitación que no aceptó, sin embargo, en deferencia, al celebrar Don Carlos Olivero sus 50 años al frente de dicha entidad, Don Mario Ruata le obsequió un disco que se produjo en tan grata ocasión titulado “Disco de Oro”, ilustrado con la imagen de Jesús Nazareno de la Merced, cuya producción marcó toda una época, siendo el principal referente musical de la segunda mitad del siglo XX.

En el ocaso de su vida fue un mecenas de las tradiciones cuaresmales, colaborando materialmente con hermandades de la Antigua Guatemala, tales como San Cristóbal el Bajo y Santa Ana.

Uno de los últimos reconocimientos que recibió, le fue entregado por los integrantes de una entidad conformada por personas afines a las tradiciones de la Semana Santa y cargadores de distintas asociaciones, denominado “Consejo Pro-Tradiciones Cuaresmales”, en fecha 24 de julio de 1994 en el Teatro de Cámara del Gran Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Además realizaron un concurso de fotografía con su nombre.

El 15 de agosto de 1994, falleció Don Mario Ruata, acompañado de esposa e hijos, en su residencia ubicada en la Zona 10 de la ciudad de Guatemala.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2012

«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)

Queridos hermanos y hermanas
La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.


Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.


1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.
El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).


La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.


El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.
Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.
Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.
Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011
BENEDICTUS PP. XVI

Jueves De Corpus Christi

 Jueves*, después de la Solemnidad Santísima Trinidad
*(Donde esta solemnidad no es precepto, se celebra
el domingo después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad )

«Mi carne es verdadera comida,
y mi Sangre verdadera bebida;
el que come mi Carne, y bebe mi Sangre,
en Mí mora, y Yo en él.» 
(Jn 6, 56-57)

 Corpus Christi Catedral 01

Esta fiesta se comenzó a celebrar en Lieja en 1246, siendo extendida a toda la Iglesia occidental por el Papa Urbano IV en 1264, teniendo como finalidad proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Presencia permanente y substancial más allá de la celebración de la Misa y que es digna de ser adorada en la exposición solemne y en las procesiones con el Santísimo Sacramento que entonces comenzaron a celebrarse y que han llegado a ser verdaderos monumentos de la piedad católica. Ocurre, como en la solemnidad de la Trinidad , que lo que se celebra todos los días tiene una ocasión exclusiva para profundizar en lo que se hace con otros motivos. Este es el día de la eucaristía en sí misma, ocasión para creer y adorar, pero también para conocer mejor la riqueza de este misterio a partir de las oraciones y de los textos bíblicos asignados en los tres ciclos de las lecturas.

 

 El Espíritu Santo después del dogma de la Trinidad nos recuerda el de la Encarnación , haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia, que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos  extraordinarios de la Redención.   Si Jesucristo en la cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la víspera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de la Pasión. El altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz.

 Corpus Christi Catedral 09

  La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». Como Cristo al ser hecho Hijo recibió la vida eterna del Padre, los cristianos participan de Su eterna vida uniéndose a Jesús  en el Sacramento, que es el símbolo más sublime, real y concreto de la unidad con la Víctima del Calvario.

 

 Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por medio de la Eucaristía , es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamente disfrutaremos en el Cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo conmemoraremos después en el Cielo ya sin velos» (Concilio de Trento).

 

 Veamos en la Santa Misa el centro de todo culto de la Iglesia a la Eucaristía , y en la Comunión el medio establecido por Jesús mismo, para que con mayor plenitud participemos de ese divino Sacrificio; y así, nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.

 Corpus Santa Catarina 36

 

Alaba, alma mía, a tu Salvador; alaba a tu guía y Pastor con himnos y cánticos.

Pregona su gloria cuanto puedas, porque Él está sobre toda alabanza, y jamás podrás alabarle lo bastante.

El tema especial de nuestros loores es hoy el Pan vivo y que da Vida.

El cual no dudamos fue dado en la mesa de la Sagrada Cena a los doce Apóstoles.

Sea, pues, llena, sea sonora, sea alegre, sea pura la alabanza de nuestra alma.

Porque celebramos solemnemente el día en que este divino Banquete fue instituído.

En esta mesa del nuevo Rey, la Pascua nueva de la Nueva Ley pone fin a la Pascua antigua.

Instruídos, con sus santos mandatos, consagramos el pan y el vino, que se convierten en Hostia de salvación.

Es dogma para los cristianos, que el pan se convierte en carne, y el vino en sangre.

Lo que no comprendes y no ves, una fe viva lo atestigua, fuera de todo el orden de la naturaleza.

Bajo diversas especies, que son accidente y no sustancia, están ocultos los dones más preciados.

Su Carne es alimento y Su Sangre bebida; mas todo entero está bajo cada especie.

Se recibe íntegro, sin que se le quebrante ni divida; recíbase todo entero.

Recíbelo uno, recíbanlo mil; y aquél le toma tanto como éstos, pues no se consume al ser tomado.

Recíbanlo los buenos y los malos; pero con desigual resultado, pues sirve a unos de vida y a otros de condenación y muerte.

Es muerte para los malos, y vida para los buenos;  mira cómo un mismo alimento produce efectos tan diversos.

Cuando se divide el Sacramento, no vaciles, sino recuerda que Jesucristo tan entero está en cada parte como antes en el todo.

Ninguna partición hay en la sustancia, tan sólo hay partición de los accidentes, sin que se disminuya ni el estado, ni la estatura del que está representado.

He aquí el Pan de los Ángeles, hecho alimento de viandantes; es verdaderamente el Pan de los hijos, que no debe ser echado a los perros.

 Estuvo ya representado por las figuras de la antigua Ley, en la inmolación de Isaac, en el sacrificio del Cordero Pascual, y en el Maná dado a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero, ¡oh Jesús! apiádate de nosotros. Apaciéntanos y protégenos; haz que veamos los bienes en la tierra de los vivientes.

 Tú, que todo los sabes y puedes, que nos apacientas aquí cuando somos aún mortales, haznos allí tus comensales, coherederos y compañeros de los santos ciudadanos del Cielo. Amén. Aleluya.

Corpus Santa Catarina 24

Procesión del Corpus Christi  Las procesiones son a modo de públicas manifestaciones de fe; y por eso la Iglesia las fomenta y favorece hasta con indulgencias.  Pero la más solemne de todas las procesiones es la de Corpus Christi. En ella se cantan himnos sagrados y eucarísticos de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico y de la Eucaristía.  Algunos de los himnos utilizados tradicionalmente son:
Pange lengua;  Sacris solemniis;  Verbum supérnum;  Te Deum, al terminar la procesión;  y, Tantum ergo, al volver de la procesión,  en torno del altar para finalizar.

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